No creía en el siempre. Siempre pensó que las amistades no servían para nada. Que todo el mundo intentaría clavarle mil puñales en la espalda si pudiera, que la confianza pocos resultados daba. Hasta que la conoció a ella. Ella, una chica tan igual en algunas cosas y tan diferente en otras. Una hermana mayor, un ejemplo, un apoyo, una sonrisa y unos brazos que siempre estarían abiertos. La locura personificada, una pozo sin fondo para guardar sus secretos pero a la vez una tumba que nunca se podría abrir. Sinónimo de seguridad, sabía que nada podría pasarle mientras ella estuviera a su lado, y tenía clarísimo que mataría y daría la vida por defenderla. Era una divertida mezcla entre amiga, abuela y madre. Amiga, porque con ella podía irse de fiesta, hacerse mil fotos; gritar, saltar, bailar y cantar. Madre, porque cada vez que hacía algo mal, ahí estaba para echarle sermones y broncas; y abuela...eso era cosa de ellas. Se criticaban en la cara lo que hacían mal y se hacían de escudo mutuo a sus espaldas, encontraba la mayor seguridad en sus abrazos; la adoraba, sus locuras, sus noches hasta las 6 de la mañana viendo películas tristes para llorar, sus planes maléficos, las sorpresas a sus novios y los mil apodos.
Y es que no fue un desde siempre;
pero sí un para siempre.
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