Quien me marcó fuiste tú. El que marcó mi vida, mi sonrisa y mi forma de sentir y de ver las cosas fuiste tú. No diré que me cambiaras, simplemente lo definiría con un antes y un después. Maduré contigo por los mil palos que me di, que nos dimos. No fue tarea fácil aguantarnos, y mira, así acabamos. Pero oye, no me arrepiento de nada, y mira que suelo arrepentirme de cosas. Aprendimos a entendernos, pero quisimos ser todo y olvidamos ser algo. Nos creímos los 'para siempre', fuimos escalando de nube en nube y la caída fue terrible, una ducha de agua fría, pero en los peores momentos siempre viene bien; los primeros amores son los más desastrosos, dolorosos, bonitos y mágicos, ¿qué esperábamos de nosotros mismos?
Quizá el problema fue eso. Que esperábamos tanto, tantísimo que no pudimos cumplir nada de lo que nos prometimos, porque quieras o no, eran locuras. Éramos dos adolescentes que se dejaban llevar por el encanto de un primer amor, y posteriormente se dejaron llevar por la ira y el dolor de la anteriormente mencionada caída. Aprendimos a valorarnos, aprendimos a escuchar, a amar y a abrirle las puertas de tu vida a una persona; aunque también todos y cada uno de nuestros puntos débiles, aprendimos a hacernos daño, a hacernos sufrir y a estropear toda la magia por celos de hojalata, discusiones y orgullo, el cual nunca dejó de hacernos sombra y finalmente se salió con la suya.
A pesar de todo, estoy marcada por ti. A pesar del rencor existente entre nosotros, que todo sentimiento es algo perdido imposible de recuperar y que los recuerdos se han convertido en cicatrices, mis sábanas, mi cuerpo, toda mi vida está y estará marcada siempre por ti. Porque contigo aprendí lo que en la vida me enseñará ya nadie. Contigo aprendí a vivir.