viernes, 16 de diciembre de 2011

alegre navidad.

Miré el reloj. Todavía quedaba media hora. Me daba igual, esperaría. En mi cabeza solo rondaba una palabra: Nervios. Llevaba cuatro meses doce días y cuatro horas esperando ese momento, ese perfecto momento. Crucé las piernas en la silla, sentándome como una india. Me di cuenta de que llevaba desde que había llegado mordiéndome las uñas, y de que ya poco quedaba del esmalte negro que me había puesto esa misma mañana. Volví a mirar el reloj. 18:12. Ya quedaba menos. Miré el gran ventanal que había a mi espalda. Las luces de navidad daban un toque de alegría a todo el paisaje, desde dentro se podía captar ese aroma a felicidad, dulzura, a alegría e ilusión. Volví a mirar hacia adentro. La gente no dejaba de salir por tres puertas automáticas que nunca llegaban a cerrarse del todo debido al exceso de tráfico. Abrazos, emociones a flor de piel, lágrimas, sonrisas, reencuentros, ojos vidriosos. Suspiré. Esa vez miré la hora del móvil; así, de paso, comprobaba que no tenía ninguna llamada de él. Las seis y veintiocho de la tarde. Teóricamente su avión aterrizaba a y veinticinco justas. Estaba a punto de salir. Eché la vista atrás, sin poder evitar sonreír. Verano, oh verano. Éramos dos simples adolescentes que querían divertirse, salir de fiesta, hacer mil locuras y romper todas las normas; pero siempre juntos. Éramos uno, inseparables, le admiraba, le adoraba; nunca tuve ojos para ningún otro desde que le conocí, me enseñó a quererle cada día un poquito más hasta extremos inimaginables. Las cosas habían cambiado muchísimo, demasiado en tan poco tiempo, pero seguía amándole igual o incluso más.
De repente un escalofrío recorrió hasta el más escondido rincón de mi cuerpo. Alcé la vista. Allí estaba. Era él; llevaba una chaqueta de cuero negra que ya había visto antes que tapaba parte de una camiseta blanca con un dulce dibujo de el monstruo de las galletas; unos vaqueros azul marino y unas zapatillas Adidas amarillas y negras que me resultaban familiares. En la mano llevaba cogida una maleta pequeña negra lisa. Seguía exactamente igual que la última vez que le vi, igual de guapo, igual de encantador que siempre. Me levanté de un salto, corriendo hacia él. No le dio tiempo a reaccionar, cuando se dio cuenta ya estábamos fundiéndonos en un esperadísimo abrazo. Le miré a los ojos, los tenía vidriosos, al igual que yo. Me susurró al oído "prohibido estar tanto tiempo sin vernos, pequeñaja". Era nuestra frase. Volví a abrazarle con fuerza, fuimos hacia la salida, abrazados. Solo deseaba que aquello no acabase nunca; le quería como nunca nadie lo iba a hacer.
Ángeles Smallow.

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